Habitantes del tren: Sofía

Radioarte basado en la crónica “Sofía” escrita por María Luján Tilli.

SOFÍA

Hace seis años que deambula por el tren Urquiza. Sus ojos de vidrio miran la nada. Sofía sabe muy bien cuando el clima del vagón es el adecuado para exprimir su creatividad y conseguir unas monedas o desaparecer en el siguiente vagón sin decir palabra. Ya tiene nueve años, las últimas veces que la vi, la descubrí mirando su reflejo en el cristal de las ventanas buscando algún perfil en el que ya seguramente se sabe mujer. Sofía hace tiempo que es una mujer.
A lo largo del tiempo supo acumular un repertorio ecléctico y ácido, todos eficaces a la hora de conseguir un par de monedas de los pasajeros. El primero que conocí fue el violento. A los cinco años Sofía caminaba prepotente entre los pasajeros gritando palabras inentendibles. A los empujones te ponía las estampitas en la cara y si alguno dormía, lo despertaba y lo miraba fijo zarandeando el cartoncito. Todos necesariamente la escuchaban y la veían. En las caras de la multitud se leía la incómoda contradicción de estar entre el fastidio que generaba la pendeja sucia y maleducada y la ternura que hacía desbordar la nenita abandonada y sin educación. Sin tiempo para resolver el dilema, la gran mayoría sacaba algunos centavos para ver esfumarse lo antes posible esa pequeña criatura del demonio. Y Sofía se esfumaba con su cometido cumplido.
Otro de sus discursos más habituales nació luego de que su violencia verbal y corporal ya no surtieran el mismo efecto. Se decidió a hablar más claro, no es que no supiera, es que no le interesaba. Empezó a contar la desgracia familiar con más detalles, habló de sus ocho hermanos, de su madre sin trabajo, pidió disculpas por molestar a los pasajeros que vuelven cansados de trabajar. No recuerdo alguna cara mostrando algo de sorpresa por el cambio de actitud, tal vez era previsible, no lo sé.
El último discurso que escuché, es el más lastimoso y educado de todos. Ya abandonó casi por completo la prepotencia. Simplemente pide disculpas infinitas veces y con la voz rasposa sigue contando que su mamá no tiene trabajo y son nueve hermanitos que no tienen qué comer.
Sofía está cansada, el tren es su casa. Dudo que tenga un lugar donde descansar. Supongo que piensa que va a morir ahí, supongo que piensa que ese es su lugar y no puede haber otro. Supongo que los pasajeros piensan lo mismo. Me desespero pensando que no dentro de mucho será una adolescente. Algún machito compañero de la calle o cerdo pederasta la va a agarrar. Le van a hacer un par de críos o la van a explotar. Es una negrita linda, te dan ganas de limpiarle la cara, peinarla y abrazarla. Te dan ganas de verla caminar en piyama en un living con televisor y oliendo a cena suculenta y familiar. Ganas.
Sofía no va a la escuela. Se junta con tipos grandes en un quiosquito bailable a una cuadra de la terminal. Yo sólo me desespero piel adentro. Nunca le di una moneda, nunca la miré de frente, nunca hice nada. No lo voy a hacer. Nadie lo hace, es parte del paisaje. La desgracia de Sofía, es negligencia. La negligencia es parte de este paisaje. La impunidad colectiva viaja en limosnas color bronce. Va de mano en mano, de pobres a no tan pobres, de ricos a miserables. De idiotas a lúcidos. Viaja y se reproduce. Como los relatos sobre trenes y pobres. Como las palabras que buscan justificar estúpidamente la inercia en un relato sobre trenes y pobres.

 

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