La cuestión lúdica en la comunicación

¿Para qué jugar en radio?

Ya hemos hablado sobre el juego y la comunicación. Pero vamos a apelar al popular dicho de “el público se renueva” para tirar un poco mas de carbón sobre el fuego, o quizás un desprolijo chorro de combustible, para reavivar la discusión (que probablemente nunca haya comenzado): ¿Para que nos sirve jugar en radio? Podemos escindirnos un poco de los géneros y formatos sonoros, y hacernos la misma pregunta respecto de la comunicación en general. De una manera u otra, la cuestión de lo lúdico merece un intento de sistematización para que no quede en una mera práctica producida o espontánea.

Hablar de “juego” implica necesariamente hablar de una dimensión irreal o distorsionada de la realidad. No podemos evitar traer al escritor Alberto Laiseca para tratar de enmarcar algunas cuestiones respecto de la fantasía y el mundo real. En el juego, encontramos la posibilidad de fabricar un mundo compensatorio al que normalmente habitamos. Quizás no lo decimos en un sentido de anarco-pedantería, como queja constante de la realidad que habitamos, sino como la posibilidad de que al menos por un rato, al menos en un lugar… las cosas estén un poquito más desencajadas. En otras palabras, hablamos de cambiar el ángulo con el que vemos las cosas, y, como dice Laiseca, magnificar, reducir, aumentar, agrandar, achicar o exagerar lo que estamos viendo. Solo así vamos a poder poner nuestro mundo en jaque. Si, algo parecido al delirio. Pero no como una patología o con el fin de abstraerse y separarse de la realidad… sino como un modo de abstraer a la realidad: aislar una parte conceptualmente, y mirarla por fuera de su todo conformado. Probablemente, la idea final sea encarnar una realidad que no existe, pero que un poco está ahí latente, esperando a ser enunciada y compartida. En otras palabras, plantear un entramado simbólico distinto, listo para ser habitado, significado y re-significado.

Y aquí, nos permitimos pensar en esta retorcida propuesta como una posibilidad de conmover (si, conmover), o quizás tentar a esas subjetividades que se encuentran en nuestras antípodas ideológica. ¿Y por qué un entramado simbólico abstraído resulta más permeable a subjetividades contrapuestas? O en otras palabras… ¿Cómo pueden dos personas que piensan diametralmente distinto jugar, divertirse y disfrutar la misma propuesta? Probablemente porque en el proceso de abstraer una parte de la realidad y escindirla de su estructura acabada, generemos un vacío. Un vacío que debe ser llenado con la propia experiencia, con la propia lectura. Entonces, desde el vamos, habilitamos a distintas experiencias y subjetividades a habitar nuestra propuesta, y esto implica necesariamente permitirle el ingreso a otras ideologías.

El juego entonces, probablemente sea la forma de generar un desajuste en la comunicación y alterar los órdenes y los flujos que se presentan como dados. En otras palabras… ¿De qué sirve comunicarnos respetando las estructuras dadas? Y por lo tanto ¿De qué sirven los discursos de trinchera? o mejor dicho ¿De que nos sirve producir contenidos en términos de trinchera? ¿No sería mejor desencajar la realidad y abrir la posibilidad de habitarla de una manera distinta?
No lo sabemos. Quizás todo este frenesí verborrágico solo sirva para justificar la posibilidad de jugar o divertirse.

 

Foto: Pexels.com

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